¿Halloween...? No, gracias. Me parece que ya estamos lo suficientemente americanizados como para dejarnos influir por una fiesta, entre comillas, que no es nuestra, no nos identifica con nuestra realidad cultural y tradicional y que se asemeja a las ridículas manifestaciones populares de ese país llamado Estados Unidos. Vivimos un tiempo cuanto menos raro en simulaciones de caracteres mímicos que nos hacen doblar, copiar, sustituir e imitar situaciones de fuera de nuestro entorno hasta el punto de perder nuestra propia idiosincrasia, nuestra rancia y sabia forma de vivir y sentir las festividades.
En estos días celebramos la festividad de “Todos los Santos” y el día de los “Difuntos”. Queramos o no esa es la tradición que, desde siglos, nos lleva a realizar todo ese ritual que nos identifica. No necesitamos extrañas máscaras, macrofiestas de locales que se aprovechan de toda la parafernalia inventada por unos pocos para consumir y dejar los miserables euros de esta crisis, creo que efímera, que nos hace involucrarnos en una conjunta miseria de pánico y stress. Nuestra realidad es otra; recordamos con cariño y añoranza a los familiares que se fueron, comemos gachas y batata cocida y buñuelos; llevamos hermosos centros de flores a los cementerios; por un día, solo por un día, el aparcamiento del Campo Santo se asemeja al Carrefur y diseñamos sofisticados altares de culto esotérico, casi oculto, plenamente supersticioso, en los nichos limpios y en mármol pulidos. Algunas familias todavía nos convocamos para cenar unidos, como en Nochebuena, derrochando platos exquisitos que nos sacan del bocadillo cotidiano. Hacemos larga sobremesa hasta la madrugada, copita en mano, para hablar de la muerte, los fantasmas, el misterio de la noche en que los difuntos, según la leyenda, hacen su procesión de ánimas. Y nos acostamos medio asustados, con el corazón casi en derribo, a la luz de una palomita o vela roja encendida en el cuarto de baño. Y nos tapamos hasta los ojos con el edredón frío, sin atrevernos a mover un brazo, contagiados de la conversación en la que, los más osados, examinan tu poder de aguante ante una historia macabra, oculta, misteriosa....
Y esa es nuestra verdad y a mi me gusta, porque me recuerda a mi niñez, a la calabaza hueca iluminada en cera, con los huecos de los ojos y la boca simulando una esperpéntica escena de terror. Antiguamente el mes de noviembre era el mes de los difuntos, todo el mes, como una evocadora escena que nos recordaba el paso efímero por el mundo. La tristeza se masticaba al humo de chimenea de cada hogar pero, como un sueño mágico, esa amarga sensación se tornaba recogimiento familiar, dulce unión de padres y hermanos, amor condensado en un recuerdo, una caricia de un viento raro, el viento de noviembre, ese que habla en silencio y susurra y, a veces, asusta. Ese viento que no es otra cosa que el grito ahogado de los que faltan, el llamamiento al recuerdo, a su recuerdo, a su alma que en estos días se engalana con blancos pálidos de acercamiento al mundo de los vivos alumbrando cada esquina de oscura sombra.
¡Y cuando alguien importante te falta de verdad....!.La fiesta se desvirtúa, el calor del hogar se hace más denso, más triste, mas cuajado de silencios evocadores, de miradas cómplices de ternura, de amor puro que en silencio todo lo habla e intuye.
No me gusta Halloween; adoro mi “fiesta”; la de los difuntos, la de los Santos, la de gachas y leña ardiendo, de buñuelos y “huesitos de santo”; la de las floristerías haciendo el agosto y aroma a clavel mojado, a cielo gris y oscuro bajo un ciprés balanceado al viento de la temprana tarde. Me gusta recordar esos dulces años en que TODOS la celebrábamos, sin que nadie faltase, puntuales a la cita de brasero y vino, de tranquila charla en la madrugada fría, lluviosa, distorsionada en la niebla de lo oculto, en las sombras que son mas negras en el reflejo de esa fría lluvia. No quiero pub, ni discotecas, ni fiestas que me recuerdan el carnaval de febrero. Quiero el hogar, la familia, el amor, el recuerdo..... siempre el recuerdo.