Los años que pasaron junto a tus noches murieron con tus insólitos olvidos. La reina de las necesidades y los augurios, de todos los vicios incontrolados. La paz que revienta a cada esquina con el deseo de las morbosas carteras. Ya las habitaciones se desnudan reflejando el neón en sus ventanas. De las alcantarillas el hedor se reclina en los zaguanes de suaves y húmedos muslos. El sudor es el licor de las oscuras noches y se fingen los susurros a la mínima distancia de tus ojos. Ya se marchita la madrugada y aún los resquicios del desánimo afloran con los últimos clientes ebrios de asco. La fiesta continúa con miles de jadeos incontrolados; unos de vómito reventados, los menos de perfumes caros; y tu boca siempre dispuesta como manantial de todas las pobrezas.
Se intuye en el perfil de tus ojos una cascada de salobres líquidos y una lágrima entrecortada es reina de pureza, amiga de lo invisible, de las oscuras intimidades; mudo testigo de tus infantiles años, del calor del hogar. Es el raro estigma del dolor de unos padres ignorantes que no cesan en confesarte reina, princesa coronada que un día triunfó en las grandes ciudades.
¡Son las realidades tan invisibles como los llantos que en la mañana, aún oscura, son auténticos quejidos de pena!. Y nunca sientes deseo; acaso el tímido cosquilleo en los primeros ecos de la dulzura –cariño disimulado-.
Olfateando los regateos de los intercambios; y un único precio, el precio del lamento. Las canciones impregnadas en vinilo, manchadas con restos de cerveza, suenan aparatosas en el barato giradiscos que ensimismada observas. La mano en la barbilla, el codo en el relleno de skay de la barra y las piernas cruzadas sobre el taburete haciendo de los muslos huidas formas a los ojos de la mesa número siete.
Una nueva noche, un nuevo sueño, una nueva batalla del ir muriendo. El cigarro encendido haciendo del humo tu libertad; y la ropa interior tan ajustada que escapar no quisiera, como si en escudos bellos los encajes se transformaran; una noche del color de la sangre, otra de negros y bellos bordados, blancos como la luna, de azulados reflectantes en contraste con las artificiales luces de los locales; siempre resaltando el terciopelo de tus carnes, el jugoso y ardiente tacto de las hermosas esencias del deseo.
Sonrisa de carmín, un largo cabello negro y azulado en divergencia con el marfil de tu cuerpo. Tu joven alma se sonroja a la mirada de los llamados normales y sientes como el pánico se sustenta de la desdicha. Siempre has sido mujer fácil; fácil en amoríos adolescentes, en las pasiones inocentes de frágiles cuerpos sin forma, de rectas caderas y suaves tactos, en labios de pan y chocolate. No conocías la verdad del asco; los desinteresados escarceos de la vida adulta. Platónicas ideas resurgían de tu cabeza, (maldito sea Platón); engañabas tus más puros instintos en la exploración de las más intimas dulzuras.
La más bonita del pueblo; de vivos y alegres ojos hoy tan apagados, de negras pinceladas, hundidos, heridos de nicotina. El azul cálido de tus vestidos es sombra de neón en tu piel. Tus limpios cabellos se tornan azabaches, pelucas y ceñidos cueros, antesala de provocativos ligueros y bodys de encaje; ¡las piernas tan bellas... tan logradas las depilaciones!.
¿Recuerdas Rosa el colegio? Eras siempre la más decidida, la líder de las chicas. Me acuerdo de Miguelito; siempre ruborizado, con la bragueta desabrochada y los calcetines comidos bajo las botas; -dos números más-. A mí no me conquistará ningún hombre, decías;
seré la dueña y tendré siempre a quién quiera. ¡Que verdad más grande, Rosita!. Ya no eres la más bonita del barrio, eres simplemente la más guapa y también la más puta. No te ofendas; yo te quería, quizá aún te quiero; como se quiere a una estrella inalcanzable, a un monumento demasiado alto e inaccesible, a los dioses paganos de Sodoma. Ahora con el pubis bien recortado, los pechos duros de silicona, el deseo sumergido en sus adentros, perturbas mi alma de hombre solitario, terriblemente enamorado. Pero no eres para mí, acaso para mis sueños. No te acepto, no te aceptan socialmente y mueres en el deseo de los hombres, en la intimidad del silencio compartido por ellos, en las miradas bajas cuando caminas delante de ellos, delante de sus gordas y feas esposas.
¡Cuantas veces te he añorado; sola en tu jardín de deseo! La noche es azul como los susurros en tu pecho, las arenas cálidas que rozan los desnudos cuerpos son brisa de tactos increíbles, caricias colmadas de pasiones secretas. Sólo tú sabes mis deseos tan prohibidos e infértiles. Los años que pasaron junto a tus noches murieron con tus insólitos olvidos. La reina de las necesidades y los augurios, de todos los vicios incontrolados.
Se intuye en el perfil de tus ojos una cascada de salobres líquidos y una lágrima entrecortada es reina de pureza, amiga de lo invisible, de las oscuras intimidades; mudo testigo de tus infantiles años, del calor del hogar. Es el raro estigma del dolor de unos padres ignorantes que no cesan en confesarte reina, princesa coronada que un día triunfó en las grandes ciudades.
¡Son las realidades tan invisibles como los llantos que en la mañana, aún oscura, son auténticos quejidos de pena!. Y nunca sientes deseo; acaso el tímido cosquilleo en los primeros ecos de la dulzura –cariño disimulado-.
Olfateando los regateos de los intercambios; y un único precio, el precio del lamento. Las canciones impregnadas en vinilo, manchadas con restos de cerveza, suenan aparatosas en el barato giradiscos que ensimismada observas. La mano en la barbilla, el codo en el relleno de skay de la barra y las piernas cruzadas sobre el taburete haciendo de los muslos huidas formas a los ojos de la mesa número siete.
Una nueva noche, un nuevo sueño, una nueva batalla del ir muriendo. El cigarro encendido haciendo del humo tu libertad; y la ropa interior tan ajustada que escapar no quisiera, como si en escudos bellos los encajes se transformaran; una noche del color de la sangre, otra de negros y bellos bordados, blancos como la luna, de azulados reflectantes en contraste con las artificiales luces de los locales; siempre resaltando el terciopelo de tus carnes, el jugoso y ardiente tacto de las hermosas esencias del deseo.
Sonrisa de carmín, un largo cabello negro y azulado en divergencia con el marfil de tu cuerpo. Tu joven alma se sonroja a la mirada de los llamados normales y sientes como el pánico se sustenta de la desdicha. Siempre has sido mujer fácil; fácil en amoríos adolescentes, en las pasiones inocentes de frágiles cuerpos sin forma, de rectas caderas y suaves tactos, en labios de pan y chocolate. No conocías la verdad del asco; los desinteresados escarceos de la vida adulta. Platónicas ideas resurgían de tu cabeza, (maldito sea Platón); engañabas tus más puros instintos en la exploración de las más intimas dulzuras.
La más bonita del pueblo; de vivos y alegres ojos hoy tan apagados, de negras pinceladas, hundidos, heridos de nicotina. El azul cálido de tus vestidos es sombra de neón en tu piel. Tus limpios cabellos se tornan azabaches, pelucas y ceñidos cueros, antesala de provocativos ligueros y bodys de encaje; ¡las piernas tan bellas... tan logradas las depilaciones!.
¿Recuerdas Rosa el colegio? Eras siempre la más decidida, la líder de las chicas. Me acuerdo de Miguelito; siempre ruborizado, con la bragueta desabrochada y los calcetines comidos bajo las botas; -dos números más-. A mí no me conquistará ningún hombre, decías;
seré la dueña y tendré siempre a quién quiera. ¡Que verdad más grande, Rosita!. Ya no eres la más bonita del barrio, eres simplemente la más guapa y también la más puta. No te ofendas; yo te quería, quizá aún te quiero; como se quiere a una estrella inalcanzable, a un monumento demasiado alto e inaccesible, a los dioses paganos de Sodoma. Ahora con el pubis bien recortado, los pechos duros de silicona, el deseo sumergido en sus adentros, perturbas mi alma de hombre solitario, terriblemente enamorado. Pero no eres para mí, acaso para mis sueños. No te acepto, no te aceptan socialmente y mueres en el deseo de los hombres, en la intimidad del silencio compartido por ellos, en las miradas bajas cuando caminas delante de ellos, delante de sus gordas y feas esposas.
¡Cuantas veces te he añorado; sola en tu jardín de deseo! La noche es azul como los susurros en tu pecho, las arenas cálidas que rozan los desnudos cuerpos son brisa de tactos increíbles, caricias colmadas de pasiones secretas. Sólo tú sabes mis deseos tan prohibidos e infértiles. Los años que pasaron junto a tus noches murieron con tus insólitos olvidos. La reina de las necesidades y los augurios, de todos los vicios incontrolados.
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