Cuando se conmemora en mi humilde persona la honrosa sensación de ver pasar los días de tu vida, cuando esos días se van contabilizando formando meses y decenas de años, cuando te miras al espejo, siempre con cautela, con la mínima luz posible, y sonríes y enmudeces ante la mueca que en nada se parece a una feliz sonrisa, cuando al soplar las velas de tu tarta te falla el aliento contenido en un gesto de ironía, cuando despiertas a un nuevo sueño de años vividos, es entonces cuando la crisis personal aviva sus instintos para sobrevivir a una juventud ya muerta, huida en cada rincón de tu cuerpo.
Te rebelas ¡qué coño!, este es el momento. ¡Que se acallen las vísceras protestantes, los bolsillos medio vacíos...! Visitas las agencias y piensas.... Paris. ¡Porquè...?. No lo sé, siempre es la primera ciudad que se nos viene a la cabeza aún a pesar de los franceses.... Y cuando menos te esperas estás allí, sentado en un estrecho habitáculo claustrofóbico, a no se cuantos miles de metros de altura y mirando hacia abajo, dejando un todo que te espera, una vuelta no muy tardía que se muestra antes de tiempo. Comienzas a divagar y piensas en muchas cosas.... La gripe A, el idioma, las comidas, los monumentos que visitar, los polvos por echar.... , y quedas dormido cediendo el miedo al vuelo por un letargo de ideas contenidas, una pausa de sensaciones en lo más alto de nuestra piel de toro. Llegas, maleta en mano, con ruedas redentoras, sin sufridos e inmerecidos esfuerzos a unas eternas instalaciones modernas, contrastadas con la estampa de viejos barrios, nostálgicos recuerdos de libro de texto rancio.
El cielo es de un gris ridículo, se adivina el sol en su refajo. Te pones las gafas de sol consiguiendo una mirada más verde, más gris, más nostálgica. Vas al centro, como si Paris tuviese un centro, descubres adoquines limpios, acerados inmaculados aunque, eso sí, colillas hay en todos lados. -Aquí todos fuman pero no se compra tabaco, menos mal que traigo mi ducados-. Vas al hotel, chapurreas el francés, el recepcionista es inglés y también chapurrea el francés y, como infantes impúdicos en una clase de párvulos, te mal entiendes entre gestos e impotentes suspiros de pánico. Rellenas tu formulario, ese que te da derecho a una cama y un desayuno barato; te duchas con agua francesa que ni es más agua ni es más burguesa y te adentras en unas calles viejas.

Primer asalto, bien empezamos, para que negarlo. Majestuosa, al más puro estilo neoclásico, de dudosa belleza en sus exteriores, la iglesia de la Madeleine. Se respira gregoriano afrencesado, pilares de piedra, imágenes de piedra, total un poco defraudado. Eso sí, suena el órgano, la sonoridad te envuelve y cierras los ojos. Al abrirlos eres recompensado, delante, en un panel informativo un folleto te llama la atención: “Cést nuit a le 21,30 heures le Réquiem de Mozart”, treinta eurazos. ¿Será un chollo?, piensas ilusionado. Mis dos primeros billetes gastados, uno de veinte otro de diez, muy arrugado, resistiéndose a salir de la cartera recelosa. Mereció la pena, claro que sí, siempre te gustó ese magnífico réquiem, el del lacrimosa como banda sonora de tu muerte.
Tanta emoción, tanta nota matemáticamente nacida de los dioses, te da un hambre que te hace rechinar los dientes. ¿Dónde comemos...?. Buena pregunta. ¿Qué comemos?. Mejor pregunta. Y recuerdas los consejos: No entres a restaurantes, esos que ni barra tienen. Y ves por todas partes pequeños barezuchos con aroma a queso francés. Coquetos, estudiados los cálidos decorados, con cartas de precios en la que solo entiendes eso, los precios y ni siquiera los entiendes ¡que son muy altos!. Braserie se llaman y a comer... y si al pedir aciertas, mejor, has acertado. Y si al pagar no te entran ganas de llorar, mejor, has acertado.
Te preparas con buen calzado y a andar que es barato. Plaza de la Concorde, un poco estrafalaria, grande y espaciosa con una torreta impúdica y egipcia en el centro, dicen que allí eran todos guillotinados, que todavía se puede respirar el hedor de la sangre. Y a tu derecha, según miras la fálica estructura egipcia, los campos Elíseos, con sus jardines sembrados de jóvenes aperrados, adormilados, compartiendo algo que se parece mucho a un bocata. Y comienzas a bajarlos, los campos me refiero, y no acabas, y parece no llegar nunca al arco del Triunfo, ¿cómo llamarlo sino....?, ya es todo un triunfo llegar y no todos lo consiguen, que le pregunten a los que estrenan zapatos, - no es mi caso-. Allí, bajo el arco, está el soldado desconocido, nadie lo conoce por lo visto, pero todos hemos ido.


Entre monumento y monumento, y me refiero a los de piedra, -que de todos hay-, el parís más romántico. Ese de escaparates caros. Vestidos a no se cuantos miles de euros de los mejores diseñadores, zapatos con sus precios desorbitados, hasta las tiendas de “chuches”, de chocolates, derrochan lujo en sus escaparates, en su bien vestiditas dependientas risueñas, bueno..... risueñas unas, otras, más......, como diría yo, francesas. Ves los precios, ves a las gentes vestidas con caros trapos y te preguntas... ¿de veras somos europeos?. En un gesto burlón y haciendo un “tchi” onomatopéyico con la lengua en la parte superior de los labios, te contestas un no rotundo, no lo somos. ¡Anda, mira.... Galerías Lafayet!. Sí, ese cúmulo de tiendas famosillas, todas unidas en esa especie de ovni abandonado, con más luces que un coche de policía averiado, con más pijotadas que una película de Bond, James Bond, y con más gente, mucha más, mirando que comprando. Sales con las manos vacías pero contento, con risa de atontado, bueno..... para que negarlo con un bote de perfume de Coco Chanel que, aunque cueste creerlo, aquí es dos euros más barato. Un día más y a “París la Nuit”. París la nuit es un polvo y a dormir que estamos cansados.
Ahora sí, -piensas-, ahora vamos acertando mientras te acercas a ese magno edificio. La ópera nacional, la Ópera Garnier con su fantasma y todo de Gastón Laroux. No vi al fantasma pero si intuí a muchos cuando me asomé a uno de los palcos. La belleza de la ópera es suprema, diabólicamente majestuosa, exagerada en luz y piedra, en retorcidas formas barrocas de doradas mezclas. Es insultantemente ostentosa, da coraje tanta belleza. Cierro los ojos e imagino eso que tanto me gusta: tenores elevando sus voces por la piedra, bellas damas y galantes caballeros que apenas distinguen un “sol” de un “la” y porteros de gala, adormilados, con cara de conocer todas las obras que allí se representan. Todo un compendio de arte y cultura.

Otra visita obligada, como no, el museo, ese gran museo con cerca de trescientas mil piezas en sus ciento sesenta mil metros cuadrados. El Louvre. Lo siento, pero conforme íbamos llegando y al ver la pirámide de cristal no pudimos eludir el recuerdo de esa, tan traída y llevada, película, todos sabéis a cual me refiero. Al adentrarnos en esa famosa pirámide comprobé que no había ninguna tumba milenaria de esa gran mujer bíblica. Solo pude ver que existía un gran bullicio de gente, dos taquillas, tres taquilleras, varios guardas jurado, dos cajeros automáticos expendedores de entradas, dos servicios, el de hombres casi vacío, el de mujeres con una gran cola, con perdón, muchas escaleras mecánicas, varias entradas a diferentes salas y mucha, mucha calor traspasada por los cristales de
la geométrica forma regular, casi anormal diría yo. Una vez instalados en las primeras salas reconozco cierta decepción ante tanta ruina de piedra expuesta. Quería llegar rápido a los cuadros, a las pinturas. Me obsesionaba la idea de empezar a saborear las representaciones pictóricas, bélicas, costumbristas, de época, que reflejaban las miles de obras allí expuestas, subordinadas a miles de miradas profanas, sabedoras otras e indiferentes las más numerosas. Rápido me cansé, (el Louvre no se ve en un día....) por supuesto que no, quien así lo diga miente. El cuello resentido, la vista herida, el ánimo decaído, el afán de pintura transido, las piernas huidas sin obedecer a los asientos.... Algo que no pude entender, y me disculpan ¿cómo se permite tanta foto a las pinturas?...¿cómo se permite posar delante de ellas y esperar esos catetos gestos para que el cónyuge de turno dispare la barata cámara?, ¿cómo hacer cola en cada cuadro para esperar estos momentos interminables de flaxes y posturas...?. La famosa Giaconda, perdónenme la osadía, para mí un gran “portaretratos” por su pequeña dimensión, pareciese una modelo contemporánea asediada por cientos de paparachis. Ahora entiendo porque parece que sonríe..... Al final cansados, con bolsas en las manos, arrastrando el arte de siglos y un hambre humana, escapamos de un sol de justicia que asolaba los jardines de ese relicario de joyas imperecederas e inertes en el paso de los siglos.
La Torre Eiffel, ese magnánimo amasijo de hierros, enigmático sello parisino, obli
gada visita del turista, obligada también la foto que así de muestra nuestro encuentro, maltrecho tiempo haciendo cola para adentrarnos en su frío estómago de hierro, suculenta expresión de lo absurdo, barata composición de ideas artísticas, geométrica materialización de una mente matemática, vertiginosa experiencia sobre una nada de belleza..... Todo esto refleja mi sensación al visitar semejante estructura. En la primera planta un restaurante bastante caro y algunas tiendas. En la segunda algunos más baratos y más tiendas. En la tercera no lo sé, estaba cerrada. Curiosidad, solo una, se mueve unos 18 cms de la mitrad para arriba cuando hace aire. Anda, fíjate, igual que el árbol del final de mi calle. Pero eso sí, tengo la foto que es lo importante.
Montmaitre. Esperaba este momento con ansia. El barrio de los pintores, de la bohemia Paris del Moulin Rouge. Nunca esperé de este parís calles parecidas al Albullón o la calle Real marteña. Y en todo lo alto, en gran contraste, la iglesia del Sagrado Corazón. En la parte baja gente rara, mucha gente y siempre rara y muchos Sex Shop y salas de fiesta con menuda la fiesta de sus salas. Pero concentrémonos arriba, en la parte antigua. A la izquierda del Sagrado Corazón llegas a la plaza llamada de los pintores. Todos allí se reúnen entre cutres bares llenos de palomas, por cierto no he visto ni una cagada de paloma...., que aprendan las españolas. Todos mirando como expresan su arte, los menos posando para caricaturas. Ocres pinceladas que reflejan un tono real de plaza auténtica. Un Paris parisino de parisienses formas. Y un supermercado, el primero que vimos. Al final el metro que se nos hizo tarde, un cafelito enfrente del Moulin Rouge sin elefante y algunos recuerdos caros en su tienda oficial, en ese mercadillo de boinas y horteradas.

Otro momento estelar. La Catedral. Esa experiencia gótica de piedra llamada Notre Dame. Un cura de color cantaba y oficiaba una misa extraña. Parisinos ensimismados sentados en sus grandes bancos de madera y, alrededor, avalancha de turistas rodeando la planta, cámara en mano, voces y falta de respeto. Eso sí, fieles lectores, ¡que columnas, que vidrieras, que órgano, que techo gótico, que bóvedas, que cura más cura!. Y en las afueras cientos de jóvenes y más palomas y una cafetería llamada de Notre Dame que le da licencia para cobrar más caro el café. ¡Y las gárgolas, que recuerdos de las películas...! Unos dicen que para expulsar los demonios de la santa iglesia, otros que simples canalones, yo que capricho de los arquitectos que siempre, siempre, introducían motivos paganos en sus iglesias.
Por lo demás el barrio latino, muy de barrio y muy latino. El palacio de Versailles, precioso, bellísimo, espacioso y grande, digno de reyes. Claro, solo así lo imagino pues no me dio tiempo a visitarlo. ¡Ah, se me olvidaba, como no, el paseo por el Sena obligado también!. Este ha sido mi viaje el cual recomiendo. Un poco de dinero, ganas de andar, dos horas con el miedo a volar, adentrarse en una atmósfera dieciochesca, recorrer calles rancias de un parís marchito de nostalgias, nostalgias de volver, porque sí, me gustó, a pesar de todo me gustó y en cuanto pueda volveré