TRABAJO


TRABAJO


Mi alma volaba a capricho del sueño entre un sinfín de nuevas vidas que aparecían ante mis ojos; vidas que en su interior reflejaban un desconocido y dulce deseo que, en la inexplicable existencia de mi pobre camino, daban un entorno de esperanza, me hacía gritar en la soledad y temblar ante esas manos blancas que algún día podría acariciar haciéndolas de mi propio cuerpo. Comenzaba a desayunar en aquella mesa en la que nunca sucedía nada; aquella mesa de ese bar repleto de sonrisas joviales; de rostros conocidos y muertos en la memoria. Saboreaba con expresión mecánica aquella jugosa tostada mientras contemplaba el humo del café‚ que orgulloso huía del caliente líquido que quemaba mis labios. No pensaba en nada, no reflexionaba, mecánico consumía el tiempo que hacía de mi mente una máquina sin recuerdos. Estuve así varios segundos; los mismos que tardé‚ en encender un nuevo cigarrillo y emanaba de mis labios depurando el placentero veneno; - ¡y esa tos que me daba; algún día dejaré de fumar!- Me consumía en silencio y comenzaba a meditar seriamente sobre la vida que me rodeaba constantemente.
Mi monótono diálogo interior, se vio interrumpido por la mirada de unos ojos jóvenes que, con su brillantez verde, iluminaron el entorno gris de las vacías y pobres paredes. Fue uno más de mis irreconciliables e internos flechazos que, según pensaba, morirían como los anteriores; aquellos que volaron sin conocer mis sentimientos en la sombría estancia de mis noches en que la imaginación volaba con las notas de una dulce melodía. Aún soñaría con acariciar su rostro y reflejarme en su mirar bajo las estrellas. Aún soñaría con besar sus labios de vida y que la luna silenciosa iluminara nuestros cuerpos fruto del amor. Sí; fue algo sorprendente; una mujer llamaba mi atención, hacía de mis monótonas mañanas el fruto de una nueva esperanza, de una realidad soñada la noche anterior en que caminando por senderos de amor, huía de los sentimientos rendido por un triste sueño. Mis preguntas ocupaban todo el vacío que reinaba en mi cabeza; sentía cómo las manos me temblaban haciendo sonar la cuchara en el vaso de café‚ (que más bien era agua fría y negra) cuando imaginaba que yo era el destino de sus ojos que, sonrientes y fugaces devoraban los rincones del local.
Un amigo, más bien un conocido, levitaba durante largas horas allí a mi lado. Distraído devoraba un tiempo amargamente perdido confeccionando una serie de crucigramas en su libro de pasatiempos. Era duro ver como malgastaba el dinero que su padre, tan dignamente, ganaba como médico en una consulta de pueblo, de pobres abuelas achacosas. Allí estaba él, derrochando la hacienda ganada con el pronóstico de un simple resfriado. -Perdona..., ¿hablabas...?- le dije para salir de la situación. ¡No, no, tranquilo; sigue durmiendo; si te acostaras más temprano...! Quizá lleve razón. Pero yo no dormía, soñaba; soñaba con esa oportunidad, con esa vida que siempre había necesitado, que en mi juventud no anhelaba pues sólo pensaba en esos primeros "cubatas", en el fútbol y en las pandillas de amigos, en esos años en que las mujeres no son más que estorbos y alteran la valiente y apacible compañía de un amigo en una sala de billar. Ahora era distinto; o al menos así lo creía yo; o así debería ser. Pasó la pubertad; tenía veinte años; ¡qué mayor! Mis ilusiones cambiaban, estudiaba en la Universidad, ya era alguien, oía la voz paterna ¡tienes que ser un hombre como son los hombres!, ya no eres un niño!, ¡asume la responsabilidad! Pero aún me faltaba algo esencial. Quizá no fuera una solución, una prueba de adultez; pero lo necesitaba, necesitaba dar un mayor sentido a mi vida, compartirla con alguien, relacionarme con una persona del sexo opuesto. Esta última frase brotó de mi interior como una explosión de rabia que llegó a oídos de mi compañero que, extrañado y sonriente me dijo: ¡siempre estás pensando en lo mismo; desde luego lo tuyo no tiene remedio! suspiró satisfecho y continuó luchando con una sopa de letras que acababa de empezar en su inseparable libro de pasatiempos. ¿Siempre en lo mismo? Tal vez. Pero no compartía su protesta, sus palabras no acreditaban lo que yo sentía en esos momentos.
Me hundía en una fantasía de la que cada vez me costaba más salir. Comencé a hacer de esos ojos una idea insoportable y a la vez deseada que me saturaba el cerebro de fantasías. Era como la solución a todo un problema de conciencia, como un indicio divino de lo que después sería mi vida. Persistía la inquietante lucha de mi cerebro con la realidad. Por momentos pude sentirla mía, dentro de mí. Pero la realidad era distinta; ella estaba allí, pero cada vez más distante y fría, más sumergida en imposible sueño. Y cuando algo se sueña, al despertar sufrimos el deseo de realidad. Desperté a mi amigo de su letargo y mecanizados dejamos el local; nos dirigimos mirando hacia el suelo a sufrir a una programada clase de matemáticas. El pupitre -como el patíbulo- me esperaba triunfante, desgarrador. A pesar de la frialdad de aquellas clases y la depresión que producen aún en las mentes más optimistas, mis ojos se perdían por la ventana en nube blanca y de nuevo surgían en mi cabeza el recuerdo de su cara dulce y transparente, haciéndome temblar en nueva ilusión. Si pudiese hablar con ella, yo... el hombre tímido y serio; el hombre de palabra fácil y recursos varios que enmudece ante la mirada de una mujer; el hombre de un "hola" y un "adiós" y un miles de te quiero en el corazón. Ahora necesitaba ir a su lado, decir que siempre la he conocido, que la he esperado muchos años, que en mis noches la soñé en desnudez pura. Sólo el pensarlo me hacía empalidecer, me nublaba la vista y los números de la pizarra aparecían ante mis ojos como monigotes satíricos que se burlaban de mí.
Solo amor, solo vida, solo silencio y paz. Solo libertad y fuerza, lágrimas y una sonrisa quiero impregnar en tu pequeña mano que hoy, en el umbral de mi vida, me acaricia.