¿En que nueva historia encontrarás un borracho poeta como yo? Ni en los altares, ni en las miradas de los sábados bañados de scay y neón, ni en la madrugada fría y desconocida, conocerás un pajarraco como yo, un hombre de llanto y poesía que embargue con cada frase de belleza la silueta vacía de una canción. ¿Dónde encontrarás un despojo como yo, un disfraz de subalterno comprometido, un corazón tan en oferta? Sabes que las melodías de la noche aún están por inventar, las caricias de la madrugada por descubrir, los latidos acelerados por acompasar con sutiles despedidas, con lamentos tardíos, con la sed de los tiranos que aparcan sus caderas en las curvas de azúcar y miel.
Un sonido aterrador de silencio en cada esquina de tu habitación, un ronquido de madrugada en el calor de la almohada, un sueño ilícito que acompaña un roce espontáneo de ilusión. Y los altares del placer en juegos vespertinos de mesa, en la cena por servir, la noche por vivir, la mañana por despertar. Aquí no vale un “no puedo” ni un “acaso después”. La fuerza está en las sombras que nace de las estrellas cegadoras, de los rincones a oscuras, del meterte mano en el zaguán. Cada noche una huella, cada caricia un jadeo hermoso, cada fría colcha un beso por entregar. Un preámbulo debajo de las sábanas, una eternidad delante del espejo del deseo, un beso en el cuello, un sonido de amor y misterio. Aún lo recuerdo y ha pasado una eternidad, una eternidad de madrugadas frías, de canciones olvidadas, de olor a desencanto y a tabaco e incienso barato.
Lo que deja el olvido es un papel firmado al otro lado del lecho sacrificado, de la escalera que conduce al cielo de la pasión, al atardecer de chimenea y lluvia, al ocaso de tus brazos. Desnudo sobre un cristal me seduce el frio de la noche y en la calidez del sueño reprimo mis palabras aún por pronunciar, palabras que suenan a desencanto, a cólera embravecida, a súplica mal entendida. Lo que deja el olvido es un portarretratos en la cabecera de la cama, un sofá vacío, una música de mañana, una maleta aún por llenar. Pero así fueron tus besos, caricias por resolver, un mañana de engaño, un plan por ejercer. Y así dormí despacio, a la muerte me asomé, como por encanto de las musas del placer. Y hoy a ti te canto, como canto al anochecer, en un sinfín de rosas, rosas por oler. Lo que deja el olvido es un mañana por crecer, una luz en el infinito, una paz que no es.
Un sonido aterrador de silencio en cada esquina de tu habitación, un ronquido de madrugada en el calor de la almohada, un sueño ilícito que acompaña un roce espontáneo de ilusión. Y los altares del placer en juegos vespertinos de mesa, en la cena por servir, la noche por vivir, la mañana por despertar. Aquí no vale un “no puedo” ni un “acaso después”. La fuerza está en las sombras que nace de las estrellas cegadoras, de los rincones a oscuras, del meterte mano en el zaguán. Cada noche una huella, cada caricia un jadeo hermoso, cada fría colcha un beso por entregar. Un preámbulo debajo de las sábanas, una eternidad delante del espejo del deseo, un beso en el cuello, un sonido de amor y misterio. Aún lo recuerdo y ha pasado una eternidad, una eternidad de madrugadas frías, de canciones olvidadas, de olor a desencanto y a tabaco e incienso barato.
Lo que deja el olvido es un papel firmado al otro lado del lecho sacrificado, de la escalera que conduce al cielo de la pasión, al atardecer de chimenea y lluvia, al ocaso de tus brazos. Desnudo sobre un cristal me seduce el frio de la noche y en la calidez del sueño reprimo mis palabras aún por pronunciar, palabras que suenan a desencanto, a cólera embravecida, a súplica mal entendida. Lo que deja el olvido es un portarretratos en la cabecera de la cama, un sofá vacío, una música de mañana, una maleta aún por llenar. Pero así fueron tus besos, caricias por resolver, un mañana de engaño, un plan por ejercer. Y así dormí despacio, a la muerte me asomé, como por encanto de las musas del placer. Y hoy a ti te canto, como canto al anochecer, en un sinfín de rosas, rosas por oler. Lo que deja el olvido es un mañana por crecer, una luz en el infinito, una paz que no es.


2 se han atrevido a comentar ¿Nada que decir?:
Lo que deja el olvido...ese residuo de recuerdos que resultan de haber vivido, sino con grandes, sí con esas pequeñas cosas, como dice Serrat, que son la esencia de nuestra vida. Has escogido una gran canción, cortita, pero de las mejores de Serrat . Un saludo.
Hola Camino, esas pequeñas cosas que nos hacen formar un conjunto de vivencias, esas son las que valen.
Un beso
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